A muchas personas les pasa que tienen una fantasía sexual que les excita… pero cuando lo piensan mejor, no necesariamente quieren llevarla a la práctica.
Entonces aparece la duda, ¿estará mal que me guste imaginar algo que en realidad no quiero hacer?
La respuesta corta es no. La respuesta larga te la dejo acá:
Las fantasías viven en otro plano, el de la imaginación. Son una especie de laboratorio mental donde la mente puede jugar con ideas, emociones o escenarios sin necesidad de convertirlos en realidad.
A veces funcionan como el tráiler de esa película que te despierta la curiosidad, pero que no necesariamente vas a ver. O como ese look de pasarela que te parece increíble… pero que probablemente no usarías para ir a trabajar un lunes en la mañana.
La mente utiliza las fantasías para explorar muchas cosas, entre ellas sorpresa, poder, novedad, seguridad o simplemente como una vía directa para alcanzar el modo excitación. Cuando todo eso ocurre en un espacio íntimo y personal, no siempre necesita traducirse en acción compartida.
Algunas personas deciden compartir ciertas fantasías con su pareja porque puede abrir conversaciones interesantes o incluso enriquecer el juego erótico. Otras prefieren mantenerlas en el terreno privado de la imaginación. Ambas opciones son completamente válidas.
Las fantasías no son una obligación ni un contrato que haya que cumplir. Son simplemente una expresión más de cómo funciona nuestra mente cuando exploramos el deseo.
Quizás la pregunta entonces no es si tus fantasías están “bien” o “mal”, sino otra más interesante: ¿qué parte de tu imaginación están tratando de explorar?
Porque en sexualidad, la imaginación también tiene su propio territorio.
Y en ese territorio, la fantasía es libre y tú también.
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