Pero ahora, que las conversaciones sobre sexualidad se vuelven más abiertas, honestas y diversas, aparece también una nueva generación de personas preguntándose algo muy simple: ¿Y si el placer fuera mucho más amplio de lo que nos enseñaron?.
El término pegging se utiliza para describir una práctica sexual donde -tradicionalmente- una mujer penetra analmente a un hombre utilizando un arnés con dildo o un juguete sexual.
Aunque hoy muchas personas utilizan el término de manera más amplia e inclusiva, originalmente surgió para nombrar específicamente esta dinámica heterosexual. Y ese detalle no es menor.
El origen del nombre es un término inventado para aliviar una ansiedad masculina. Aunque la práctica existe desde muchísimo antes, la palabra pegging recién se popularizó en 2001 gracias al sexólogo y columnista estadounidense Dan Savage.
Savage abrió una encuesta en su columna Savage Love porque notó algo curioso: existían nombres para muchísimas prácticas sexuales… menos para esta. Finalmente, sus lectores eligieron el término “pegging” como ganador.
Pero detrás de esa aparente anécdota lingüística había algo mucho más profundo: la necesidad de separar culturalmente esta práctica de la homosexualidad masculina.
La investigadora Jade Aguilar, autora del estudio Pegging and the heterosexualization of anal sex, plantea precisamente que el término ayudó a “heterosexualizar” una práctica asociada históricamente al sexo entre hombres. Es decir, ponerle un nombre específico permitía que muchos hombres heterosexuales pudieran explorar el placer anal sin sentir que eso amenazaba su identidad.
El gran prejuicio que aún persiste: “¿Qué significa esto sobre mí?”
Probablemente esa es la pregunta más repetida alrededor del pegging y la respuesta es bastante más sencilla de lo que creemos: Una práctica sexual no define automáticamente tu orientación sexual.
El problema es que culturalmente muchos hombres crecieron con una idea muy rígida de masculinidad, que penetrar era “masculino y recibir placer, no tanto.
¿Por qué a algunas personas les gusta?
Porque el ano y la zona perianal tienen muchísimas terminaciones nerviosas. Y en el caso de muchos hombres, además, existe la próstata: una glándula altamente sensible que puede generar placer intenso cuando se estimula adecuadamente. Por eso el interés por la estimulación anal masculina es muchísimo más común de lo que se suele pensar.
De hecho, distintos artículos y encuestas sobre sexualidad muestran que las fantasías relacionadas con estimulación anal masculina son bastante frecuentes, incluso entre hombres heterosexuales. Un artículo de Queer Majority señala que cerca del 60% de los hombres ha fantaseado con prácticas vinculadas al pegging, mientras que un 16% de adultos sexualmente activos declara haberlo probado.
El pegging y el cambio cultural
En los últimos años, el pegging dejó de ser una práctica completamente underground para aparecer en series, películas ¡hasta en redes sociales! y eso ha permitido abrir conversaciones importantes sobre masculinidad, roles de género, poder, vulnerabilidad y formas menos rígidas de vivir el placer.
La terapeuta y escritora Esther Perel suele insistir en que una sexualidad sana requiere curiosidad, comunicación y capacidad de exploración. Y justamente el pegging aparece muchas veces en ese cruce: personas que quieren salir de ciertos mandatos y explorar otras formas de intimidad.
Lo importante no es “qué significa”, sino cómo se vive. Hablar de pegging no debería tratarse de etiquetas, debería tratarse de consentimiento, conversación y deseo genuino.
Porque explorar algo nuevo no obliga a nadie a redefinirse y sentir curiosidad tampoco cambia automáticamente quién eres.
Lo que sí importa es: sentirte cómodo, poder hablarlo, explorar sin presión y entender que el placer humano es muchísimo más diverso de lo que nos enseñaron.
El verdadero cambio
Quizás lo más interesante del auge del pegging no es solo la práctica en sí, es lo que revela.
Que muchas personas están empezando a cuestionar la idea de que la masculinidad tiene que vivirse desde la dureza, el control o la prohibición del placer y que cada vez más hombres se están permitiendo algo profundamente humano: La posibilidad de explorar sin sentir vergüenza.





